Este relato, ‘La mano disecada’, del escritor francés Guy de Maupassant (1850-1893), es un cuento de terror para adolescentes y adultos, que nos habla del extraño y misterioso poder del mal, capaz de llegar hasta nosotros más allá de la muerte. También incluye una advertencia, la de no despreciar lo que desconocemos. No te pierdas este inquietante relato y sus reflexiones finales.

Un cuento de terror para adolescentes y adultos: La mano disecada

Relato de terror para adolescentes y  adultos: La mano disecada
‘La mano disecada’, un relato de terror para jóvenes

Luis, un amigo mío, reunió un buen día en su casa a un grupo de compañeros de estudios. Bebimos, charlamos y reímos sin parar. Todo lo que normalmente se hace en una reunión de este tipo.

A mitad de reunión, y cuando alguno de mis compañeros estaba ya algo borracho, se abrió la puerta y apareció por su umbral Pedro, un amigo de la infancia. Venía totalmente exaltado.

– ¿A que no sabéis de dónde vengo?- preguntó entusiasmado.

– Por lo contento que estás, de heredar una fortuna- dijo riendo uno de los estudiantes.

– O has olido el ponche de Luis y ya vienes contento a por él- añadió otro.

– ¡No dais ni una!- dijo Pedro- Vengo de Normandía, de mi pueblo natal. Y he comprado algo realmente excitante…

Y diciendo esto, sacó de su bolso una mano disecada, negra, de dedos largos, con las uñas largas y amarillentas y una tira de piel alrededor de los músculos. Era realmente repugnante.

– ¿Qué demonios es eso?- pregunté algo impactado.

– Esto, amigo, es la mano de un asesino. Pero no de cualquier asesino, no, sino de uno de ‘categoría’. Fue ejecutado a principios del siglo XVIII, y entre sus numerosos crímenes se cuenta haber lanzado a su propia mujer de cabeza a un pozo, ahorcar con la cuerda de la campana de una iglesia al sacerdote que les casó, robar y asesinar a numerosos viajeros y convertir un convento en su particular harén. Una joya, vamos… Esta mano era de un mago muy conocido en mi pueblo. Practicaba la magia negra y la magia blanca y conservaba esta mano como un amuleto.

– ¿Y qué piensas hacer con esa monstruosidad?- preguntamos todos a una.

La mano disecada y la campanilla

– He pensado en colocarla como llamador de la puerta, en la cuerda de la campanilla. Así los cobradores se irán antes de llamar…

– O puedes hervirla y hacer una buena sopa de mano- dijo entre carcajadas uno de los estudiantes.

– Para mí que deberías dejarte de tonterías y dar cristiana sepultura a esa… ‘cosa’ tan horrible… – dijo entonces un estudiante de medicina, el más sensato de los presentes- A ver si el dueño de la mano va a venir a reclamarla, que además debe haber adquirido malos hábitos. Ya sabes eso de ‘quien ha matado, matará’.

– ¡Y el que ha bebido, beberá!- añadió entre risas el anfitrión, al tiempo que terminaba de golpe una copa de licor y se dejaba caer al suelo totalmente borracho.

– Yo brindo por el dueño de la mano. Y si quiere venir, que venga- dijo jocoso Pedro, al tiempo que alzaba la mano para que todos pudieran verla bien.

Y poco después, todos se retiraron ya a sus casas.

Al día siguiente, tuve que pasar por delante de la casa de mi amigo, y decidí pasar para hacerle una visita.

– ¿Qué tal estás?

– Bien, muy bien- me dijo él.

– ¿Y la mano?

– Pues la has tenido que ver al entrar. Está colgada de la cuerda de la campanilla… Esta noche, por cierto, algún ‘gracioso’ me despertó a media noche tocando la campana. Menudo escándalo que armó. Pero como se calló, lo dejé estar.

El extraño suceso

En ese momento, alguien llamó a la puerta. Era el casero de mi amigo.

– Por favor, le pido que retire esa andrajosa mano que ha colgado en la entrada ahora mismo, o tendré que echarle de esta casa. No puede colocar algo tan repugnante en la entrada de este edificio…

– ¿Pero cómo se atreve a insultar a esta mano así? La quitaré, pero sobre su conciencia quedará haber tratado mal a una mano criminal- dijo Pedro.

El hombre se fue, y Pedro descolgó la mano.

– ¿Y dónde la vas a poner?- pregunté intrigado.

– Pues la colgaré de la campanilla de mi dormitorio. Así pensaré en cosas serias cuando me vaya a dormir.

Estuve un rato más con mi amigo y después, me fui a mi casa. Esa noche, curiosamente, no pude dormir. Estaba inquieto, y no podía conciliar el sueño. Y ya cuando al fin comenzaba a dormirme, a las seis de la mañana, alguien llamó con insistencia al timbre. Al abrir, me encontré con Bonvin, el criado de mi amigo. Estaba pálido y muy nervioso.

– ¡Ay, el señor! ¡Que le han asesinado!- gritó fuera de sí.

Me vestí con lo primero que encontré y fui corriendo a casa de Pedro. Estaba rodeada de gente, con un cordón policial a la entrada. Dije quién era y me dejaron pasar.

Lo que dijeron los periódicos

Fui directo a la alcoba de mi amigo. Había tres policías en el centro, y sobre la cama, el cuerpo de Pedro. No estaba muerto, sino traspuesto, en estado de shock. Tenía los ojos abiertos como platos, las pupilas fijas en el techo, la sábana cubriendo su cuerpo hasta la barbilla, y una expresión de pánico que helaba la sangre.

Uno de los médicos presentes retiró la sábana y vi cinco marcas de dedos muy poderosos en su garganta, junto con algunas gotas de sangre. Instintivamente, miré la campanilla que había junto a su cama. La mano no estaba, pero pensé que la policía tal vez la hubiera descolgado para evitar una mala impresión entre la gente que entraba al cuarto.

Al día siguiente, los periódicos dieron la noticia de esta forma:

‘Ayer por la noche fue víctima de un atroz intento de asesinato el joven Pedro B., estudiante de Derecho y perteneciente a una noble y rica familia de Normandía. El joven se retiró a su cuarto a las 22 horas, despidiéndose de su criado, Bonvin, porque estaba cansado. El criado escuchó a medianoche el sonido estridente de la campana y aunque al rato dejó de oírlo, llamó al portero, quien a su vez, dio aviso a la policía. Pasó un cuarto de hora hasta que los agentes derribaron la puerta, encontrando un espectáculo terrible: los muebles derribados, señal de lucha, y el cuerpo del joven Pedro tendido inmóvil boca arriba, con los ojos fijos en el techo, y una expresión de terror. Tenía además las marcas de cinco dedos en el cuello. Según el informe del doctor Bordeau, el agresor estaba dotado de una extraordinaria fuerza. Se desconoce el móvil del crimen y quién puede ser el autor’.

La locura de Pedro

Un día después, el mismo periódico publicaba una breve nota sobre el caso:

‘Tras varias horas de tratamiento por el doctor Bordeau, el joven Pedro B. recobró el conocimiento. Sin embargo, se encuentra en un estado de locura del que no puede salir. No hay ninguna pista del criminal’.

Efectivamente, mi amigo se había vuelto loco. Le visitaba a diario al hospital psiquiátrico. Pedro no era capaz de responder a ninguna de mis preguntas. Se pasaba el día mirando asustado a todos lados, como si buscara algo, y no dejaba de gritar de vez en cuando frases sin sentido. Un día me avisaron del hospital: mi amigo agonizaba. Fui corriendo y le encontré gritando, muy asustado:

– ¡Agárrala, agárrala! ¡Quiere asfixiarme!

Yo no veía nada, pero mi amigo cayó muerto sobre el suelo.

Como era huérfano, tuve que encargarme yo de todo el papeleo para trasladar su cuerpo hasta su pueblo natal. Debían enterrarlo junto a las tumbas de sus padres. Viajar de nuevo hasta Normandía fue para mí un cúmulo de sensaciones. Ese pueblo me traía tantos recuerdos de la infancia…

El final de la mano disecada

Acudí junto con el sacerdote al lugar donde debían cavar la tumba. Él comenzó a leer algunas líneas de la Biblia. Yo permanecía ensimismado con los setos llenos de moras en donde Pedro y yo jugábamos de niños. Y dos hombres ataviados con enormes azadones cavaban en la tierra. Hasta que de pronto se pararon en seco y nos llamaron.

– ¡Aquí hay un féretro!- dijeron.

Lo abrieron y vimos un esqueleto cuyas cuencas de los ojos parecían estar mirándonos fijamente.

– Vaya pobre diablo- dijo uno de los sepultureros- Le debieron cortar de cuajo una mano… Ahí está junto al brazo.

Y entonces la vi, y un escalofrío recorrió todo mi cuerpo. Ahí estaba, la mano negra que mi amigo trajo aquel fatídico día a casa de Luis. El hombre cogió la mano para mirarla bien, y su compañero le advirtió:

– Cuidado, que este muerto parece estar mirándote con ganas de lanzarse a tu cuello para que se la devuelvas…

– Dejen en paz a los muertos- dijo entonces el sacerdote- Dejen la mano en su sitio, tapen el féretro y busquemos otro lugar para cavar la tumba de Pedro.

Y así hicieron. Yo, por mi parte, regresé en seguida a París. Pero antes de partir, dejé una buena suma de dinero al párroco para asegurarme de que rezarían por el alma de aquel muerto cuya paz habíamos perturbado.

© Adaptación escrita por Estefanía Esteban.

Reflexiones sobre el relato ‘La mano disecada’

El misterio que envuelve a la muerte es el tema que impregna a esta espeluznante historia que parece advertirnos de algo muy serio: cuidado con tomarse a la ligera todo lo que acompaña al mal…

El mal no tiene fecha de caducidad: Estamos ante una terrible historia de terror en donde el autor deja de manifiesto que el mal persiste y se queda entre nosotros mucho después de que desaparezca la persona que lo abanderaba. Esa ‘mano disecada’ de un terrible asesino nos recuerda que hay cosas que no cambian ni podrán cambiar. La frase que dice uno de los estudiantes se convierte en una sentencia: ‘El que ha matado, matará’. Y es que el mal incita al mal y es persistente.

A cada cual, lo que es suyo: El espectro del asesino, dueño de la mano disecada, no paró hasta recuperar lo que era suyo. Le habían cortado la mano en vida y el esqueleto quedó mutilado. El espíritu del asesino insistió hasta recuperar su mano. Y lo hizo haciendo lo único que sabía hacer: matar.

La locura que nace del miedo: El joven Pedro no murió tras el primer ataque de la mano disecada, sino que ese terror al ver al espectro sobre su garganta, le sumió en un estado de locura y miedo que le llevó más adelante a la muerte. Y es que el miedo puede ser incluso más peligroso que la misma muerte, ya que es capaz de despojarnos de la razón y sumirnos en una tortura en vida. Fue finalmente el miedo, el pánico que Pedro sentía a volver a ser atacado por la mano disecada, lo que acabó con él.

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